Yo fumo marihuana

Nueve años atrás probé la marihuana por primera vez. Contaba entonces con veintiún abriles. Hasta entonces me había negado a aceptar una que otra invitación, y rechazaba con una férrea convicción moral el uso de sustancias que mi crianza y mi gente me prohibían. Toda prohibición camufla las más irresistibles tentaciones, además que lo prohibido en nuestras sociedades responde con frecuencia a preceptos de índole moral, catalogando con total arbitrariedad de qué se trata lo bueno y de qué se trata lo malo. Andaba por aquel entonces despojándome de trabas y prejuicios que antes condicionaran cada una de mis experiencias y que ahora querían confrontarme sin miramientos, y no quedaba más que confiarle a mi juicio y a mi propio instinto decidir con primitivismo en qué consistía lo bueno y lo malo. Mis intenciones las expondría Sartre unos años antes: “Un único mandamiento: probar”. Así que yo quería comprobarlo por mis propios medios y fue por eso que, a solas y en la intimidad de un lugar campestre, tuve la primera experiencia de fumarme un porro y entender que me había enamorado para toda la vida. Recuerdo pensar de inmediato que nada de “malo” podría tener una sustancia que me permitía recrear mi imaginación con algo de ligereza, vuelo y entretenimiento. De allí en adelante la historia consistió en conocer a la marihuana y de hacerla partícipe cotidiana de todas mis situaciones. Supe que como todos los demás placeres la clave consistiría, sobre todo, en no abusar de los excesos.

 

Desde entonces consumo marihuana como ese acto inofensivo que consiste básicamente en aspirar el humo carburado a través de una planta quemándose. Y me dejé seducir por sus placenteros efectos de volatilidad y aletargamiento, por la forma como apacigua la percepción de mis razonamientos, por la agudeza que a veces aparece para engrandecer mis ideas, por la estupidez que me lleva a ridiculizar cada inconveniente hasta transformarlo en un asunto hilarante, por la tranquilidad, falsa o no, que su consumo me lleva a experimentar. Sus encantos se han potencializado alrededor de casi todas las personas que conozco y con quienes alguna vez disfruté del ritual de relajo que representa fumarse un porro en compañía de los más queridos. Al compartir este esparcimiento con otros me he descubierto también a mí mismo como parte de todos los demás. Es cierto que bajo que los efectos de la marihuana las personas pueden experimentar unión y calor humano, es decir, necesidad de expresar sus afectos con gestos, caricias, palabras, en fin, decir que este tipo de encuentros siempre han resultado una aventura enmarcada por el cariño, el respeto y la buena onda. Hasta ahora no he sentido la oscuridad que la sociedad nos dibuja en el ideario respecto a esos ensombrecidos consumidores de marihuana que se reúnen en antros lóbregos donde la perdición mundana, etcétera, etcétera, etcétera… los marihuanistas que he conocido son personas cargadas de soledades, buena vibra, valor y sensibilidad, afectadas ocasionalmente por el uso de la marihuana como un paliativo de sus reflexiones más honestas. La marihuana ha sabido confrontarme ante mis otras debilidades y, de alguna manera, me ha llevado a explorar otros territorios de mi aprendizaje, de mi personalidad y de estos mundos oníricos que merodean en mi cabeza.

 

La marihuana ha funcionado en mi vida como un disparador de proyectos, el empuje que hacía falta para dar la primera iniciativa de lanzarme al ruedo; es un motor que me reactiva y a pesar de que pasados los minutos tenga que encontrarme lidiando con no dejarme sumir en el estado depresivo en el que desembocan sus efectos. Me sirve con frecuencia para una resolución más consciente de mis problemas y conflictos. Parecería contradictorio pero también actúa -sabiendo canalizarla y esforzándose por mantener la concentración y la permanencia del deseo- como un focalizador cuyas atribuciones especiales son la calma, la paciencia y la lucidez mental. Muchas veces recurro a ella antes de debatir algún conflicto delicado de cualquier tipo, y más aún si se trata de solucionar algún inconveniente con un ser especial. La ganya me brinda una perspectiva más humana, calurosa y simple sobre el objeto en el que recae mi enfoque. Toda traba me proporciona una felicidad momentánea y evanescente, y me recarga de la buena energía que logra mirarlo todo con un poco más de amor y positivismo. Me permite ser totalmente funcional y realizar hasta las más complejas actividades, y tengo que admitir que en la mayoría de los casos me resulta más estimulante y entretenido proceder bajo los efectos de la marihuana. Muchas veces los resultados obtenidos superan el estado al que aspiramos y que conocemos como la sobriedad; y ahora mismo, y para verificar estos planteamientos, me fumo un porrito al solaz delicioso de estos renglones que redacto. Y es así como sumo nueve años ininterrumpidos de consecutiva actividad marihuanista. Me gusta chistar con que una vez decidí dejar la marihuana definitivamente pero resultó ser la media hora más aburridora de estos últimos años. Algunos se atreven a hipotetizar que todos la han probado, alguien, más imprudente, ha bosquejado la posibilidad de que todos la consumen con una frecuencia bastante regular.

 

Pronto entendería que la sustancia que iba integrando a mis hábitos de rutina, constituía en la sociedad un intocable tabú que no se tomaba en serio y que por lo mismo se juzgaba con el atrevimiento de no conocerla. Es entonces cuando la mirada sobre el consumidor de marihuana se torna oscura, lastimera, enfermiza, y es una mirada que sindica, enjuicia y castiga al otro, sin saber precisar con exactitud los argumentos de peso que sustenten sus tantos reproches sin sentido. Desde hace años que reclamo un debate sincero y abierto que toque e indague estos asuntos desde los distintos referentes psicológicos, sociales, antropológicos, históricos y demás, para evaluar el impacto real que tiene el consumo de marihuana en los seres humanos y en la forma de concebir nuestras relaciones en sociedad. Pero el atrevimiento apenas nos alcanza para satanizar el consumo de las drogas sin una justa mirada a sus efectos, a sus consecuencias y a sus peligros ciertos y demostrados. Como aclarar por ejemplo que el cannabis es un psicotrópico pero no es una sustancia alucinógena. Los psicoactivos de esta clase producen cambios temporales en la conciencia, la percepción, el ánimo y el comportamiento social, quien te haya dicho que alucinó después de fumar marihuana es porque te dijo mentiras o porque estamos frente a un diagnóstico clarísimo de esquizofrenia. Y es común encontrar en los diarios, los noticieros y las conversaciones este tipo de equívocos que califican con total desacierto e ignorancia a la marihuana dentro del género de los alucinógenos. Quién lo diría, pero al final constituye un desacato y un irrespeto considerable al saber específico de la rama de la química.

 

Hace unos años una cuña radial nos insistía con la voz de un niño que no cultiváramos “la mata que mata”. Esto no es verdad. Aquella planta resulta inocua de por sí para la vida de cualquier especie terrestre. No por desprestigiar otras sustancias, pero cualquier toxicólogo podría declarar que, visto en términos generales, el tabaco es una sustancia más perjudicial para la salud. El licor, tan aceptado entre nuestras reuniones sociales y tan frecuentado en la intimidad de nuestras soledades, alcanza un escalón más elevado en este abstracto índice de nocividad. E incluso la coca-cola figura como un agente más perjudicial que la marihuana. Parecen datos sin fundamento, y lo son dentro de este escrito, pero también son ciertos y comprobables y el espacio queda abierto para que sigan las investigaciones. Algo que siempre me ha gustado de la marihuana es que no genera una dependencia física como sí ocurre, por ejemplo, con la nicotina, y ni qué decir del alcohol, la cocaína y otras sustancias de órdenes más psicodélicos. Esta carencia de apego físico me parece que encierra una especie de sabiduría por eso de no generar dependencias, reclamos ni necesidades que sea preciso satisfacer químicamente. Quien quiere rehabilitarse del consumo de heroína debe, por poco, sustentar una deficiencia urgente con altas dosis de chocolate, si prefiere no sufrir el riesgo de una descomposición letal. En esos momentos de mi vida en que me he decidido por hacer una pausa en su consumo, tengo que atestiguar que apenas si experimento una añoranza, una extrañeza, como unas ganas raras que no desesperan y que se apaciguan con la ilusión infantil de estarme fumando un porrito. Nada que no se pueda superar, y ha sido cuestión de un par de días para que empiece por olvidar la yerba que tanto me agradaba. Resulta que mi cuerpo, como tal, no me ha reclamado jamás, por fortuna, la necesidad de consumir marihuana. Si se quiere, se ha tratado siempre de un examen en el que se pone a prueba la templanza y la ansiedad de mi espíritu, mas no el ineluctable material orgánico de mi cuerpo. Como sea, desapruebo desde siempre el acto de fumar, y hasta ahora doy crédito a que el incipiente deterioro que viene menoscabando mi salud durante estos años, no es debido a la sustancia de la marihuana sino, insisto, al acto pernicioso de llevar humo caliente a mis pulmones. Y de ahí que la urgencia sea procurarnos otros métodos y maneras de consumirla.

 

De otra parte, y en favor del cultivo de una planta que podría resultarnos de mucha utilidad social, decir que las propiedades del cáñamo (la fibra que se obtiene de la planta) resultan siendo de las más versátiles que puedan encontrarse en la naturaleza: sus semillas y aceites  poseen un alto valor nutritivo y es rico en proteínas y en omega 3; sirve para la fabricación de un biocombustible que goza de atribuciones ecológicas, ya que el dióxido de carbono liberado a través de su combustión es casi el mismo que fue consumido por la planta durante todo su crecimiento, lo que representa una polución prácticamente nula por su capacidad de reabsorberse en un ciclo propio; es considerada la fibra textil más larga, suave y resistente, y en la historia de la industria textil representó durante años el estándar que sopesaba la calidad de las demás fibras. Su tela es caracterizada por ser un óptimo aislante contra el frío, al tiempo que resulta fresca, absorbente, duradera y más suave, incluso, que el algodón, superando a este en la producción que puede generarse a partir de su espacio de cultivo (una hectárea de cannabis puede producir el doble de fibra que una de algodón), y a parte que requiere de menos productos químicos durante su procesado; es una alternativa a la deforestación causada por la industria papelera (una hectárea de cannabis produce cuatro veces el material obtenido en una hectárea de árboles), y su celulosa resulta siendo más resistente que la pulpa de otras maderas, además que su acelerado crecimiento reduciría el impacto ecológico que significa no tener que cortar más árboles, y en su elaboración resultan casi imprescindibles el uso de ácidos y otros agentes como el cloro; su madera es útil en construcciones de gran resistencia y es también usado en lubricantes y cosméticos. La longitud y resistencia del cáñamo todavía compite con los materiales más modernos, y su cultivo no precisa pesticidas ni otros tóxicos que contaminen el aire, el agua y los suelos. Entonces, la pregunta que tendría que surgir ahora sería, ¿por qué está prohibida la marihuana?

 

Fue prohibida hace más de cien años por las políticas tradicionalistas y retardatarias de los Estados Unidos, y años más tarde fue perseguida con la insistente y acuciante propaganda adoptada en su contra, y liderada por el gobierno represivo, prohibicionista y conservador del doctrinario y moralista, Ronald Reagan. Para deslegitimizarla, se llegó al punto de instaurar en el inconsciente colectivo esa falsa, estúpida y popularizada creencia de que la marihuana, por sí sola -y no propiamente el acto de fumar-, degeneraba al cerebro por una combustión explosiva en sus neuronas. Algunos médicos me han dicho que este es un daño irreparable que causa el consumo de marihuana pero ninguno ha podido sustentarlo más allá del mito. Estas supersticiones se han demostrado como desacertadas y hoy se ha descubierto que sustancias como la marihuana posibilitan una suerte de “enlaces” a nivel neuronal, y que eventualmente podría llegar a ensanchar nuestras capacidades cognitivas. La psiquiatría y la neurología se valen de la marihuana como tratamiento terapéutico y como medicina, dado sus anodinas atribuciones curativas. Pero explayarme en estas y otras propiedades de la marihuana no es el caso de este escrito que quiere testimoniar únicamente la vivencia personal de un marihuanero. Tampoco es el espacio para defenderla ni menos para inclinarme a favor o en contra del debate que un día acabará legalizándola. Jamás le he recomendado a nadie el consumo de marihuana ni he consentido en incitar por vez primera su uso. Estos asuntos los he considerado subjetivos al punto de que cada organismo, cada estructura de pensamiento y cada personalidad, por distintas que son, actúan y responden de manera muy diferentes ante la inhalación de lo que, a mis ojos y a mis demás sentidos, resultó siendo siempre esa bonita planta silvestre que se apoderaría, invadiéndonos, si se lo permitiéramos -¡imagen maravillosa!- de todos los jardines del mundo. Porfirio Barba Jacob desperdigó a su paso semillas de marihuana sobre los suelos centroamericanos por donde transitaron sus desgracias, dicho sea de paso, y decir que comenzar a citar a la gran cantidad de artistas y pensadores que en los siglos recientes han incorporado a la marihuana y a otras sustancias psicoactivas en sus quehaceres pasionales, nos tomaría un inventario inconcluso que no abarcaríamos en un extenso e inagotable tratado de muchas páginas.

 

Pero hay otro lado de la moneda y en donde la marihuana, en su aspecto emocional y detrás de un consumo insistente y habitual, sumerge al consumidor en un estado casi permanente de arrobamiento. Hablo otra vez de los abusos como aquello que en definitiva desborda el control aparente que creemos tener sobre nuestros vicios. Los psicólogos discuten que uno de los efectos más comunes entre los consumidores es la antipatía crónica, un aislamiento que se acrecienta con el paso de los días y de los porros, y que pretende a larga evadirse de lo que convenimos en llamar la “realidad”. Las comillas hacen alusión a mi debate, ya que en gran parte me gusta la marihuana por ofrecerme esa atmósfera evasiva que me elude de lo cotidiano. Esos espacios siempre han sido necesarios en mi personalidad reflexiva y han nutrido a lo largo de mi vida mi temperamento y todo lo que soy. Tal vez se ha tratado de un falso apoyo que resultará siendo un óbice más con el paso de los días. Y es entonces cuando me entrego a ese vuelo que me lleva por encima de este mundo y sobre los otros que mi imaginación dibuja, y hago que todo y nada suceda al mismo tiempo o dejo morir este instante como mueren los otros, con algo de propósito y sentido. En los primeros encuentros con esta sustancia ya estaba el gusto por encontrar alterada la percepción de la realidad, y el reto que consistía actuar y pensar sobreponiéndome a sus efectos posteriores. Porque hay que advertir de nuevo que la marihuana es un depresor y que luego de una corta euforia sobreviene ese claro estado depresivo que, no está de más decirlo, es fácilmente superable y que no resulta siendo tan profundo e intenso. Insistir entonces en que tiene la marihuana un sentido muy útil si no se cae en el desgaste de la pereza y el adormecimiento.

 

Pero resulta complejo hacerle frente a los vicios y ganarles la batalla. Cedemos poco a poco y ya no sabemos muy bien cómo sobreponernos. Personalmente he abusado y he tanteado, si se quiere, un fondo. Pero es difícil saber cuál es el fondo cuando hablamos de una sustancia en la que es imposible generar, por ejemplo, una muerte por sobredosis (para ello se requeriría fumar unos mil porros en menos de un minuto). El caso es que he abusado conociendo de antemano mi personalidad adictiva, y sabiendo que cada vicio es una cadena que acabará esclavizándome. Quisiera, tal vez, aún no lo sé, no tener este ni ningún otro lastre que arrastrar en mi vida, pero recuerdo a Dostoievsky recordándonos que en definitiva todos nosotros “amamos las cadenas”. Esta es la mía: una cadena que aligera ese raro sinsentido que a veces es la vida, y hasta el punto de convertirse, por demás, en sentido o aliciente para la vida misma. En esto ha consistido mi demoníaca relación con la marihuana: en saberme un prisionero de algo que quiero muchísimo. Este es mi consuelo y mi lenitivo, y la pregunta seguirá siendo cuánto de engaño hay en esto que llamo inspiración, cuánto de falso en esta volatilidad en la que nos sentimos despertando de algún sueño o sumergiéndonos en otro, elevándonos por encima de esta dimensión y superando en todo caso esta atmósfera tan demasiado “real” y a veces tan inverosímil, tan desconcertante.

 

Como fuera, todo esto deriva en una sustancia que, ligada a mi vida, ha sido partícipe en la construcción de lo que es hoy mi personalidad. Algunos dirán que es triste, yo únicamente les diré que ha sido divertido, desafiante, dionisiaco y, de muchas formas, una compañía bastante inspiradora. Pero al final la realidad queda, trátese de lo que se trate esa supuesta, o no, realidad. Y quiero creer que en ese final está la marihuana sólo para recordarme el valor de las tantas cosas sencillas que realmente nos hacen volar sin necesidad de consumirla: la buena compañía, el entorno de la naturaleza, las canciones y las estrellas y palabras y los gatos y las tantas e incontables delicias simples que no requieren de ningún otro trastorno para vivirse a pleno, más allá del trastorno de entregarse con libertad a estas expresiones del placer. Y es que nada es comparable a esa inspiración que nos ofrece la belleza de una mujer, o contemplar con detenimiento el pasatiempo onírico de soñar por soñar como una mera propuesta ontológica, el dolce far niente de los italianos, la holganza agradable, el ocio que quiero imitarle a los helenos, el skholé de la cultura romana, etcétera, etcétera, etcétera…

 

 

  • Julian MD

    prende el porro para escribir… aunque esta haciendo una pausa en su consumo (???)…